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jueves, 7 de noviembre de 2013


RABIA, DOLOR, VERGÜENZA Y VACÍO.




Debajo del malestar que sentimos suele haber falsedad. Perls[1], recordemos, llamaba “estrato falso” a la primera de las capas o etapas  de la neurosis. Ese ni siquiera darse cuenta de que un@ está mal. Vivir disfrazado y ni tan sólo percatarse. Mejor así; cualquier luz nos llevaría a la crisis, y hay sin duda algo de un@  mism@ que lo percibe. Por otra parte, probablemente sea la última oportunidad para echarse atrás, para renunciar al Viaje: una vez dentro ya no volveremos a ser l@s  mism@s.


Quizás aumentemos en ese momento el volumen de la máquina para ahogar los susurros que nos inquieten. O busquemos adormecernos más iniciando o aumentando la adicción a sustancias, hábitos, síntomas o compañías adormecedoras. O incrementemos la intensidad de las rutinas agarrándonos al clavo ardiente de la obsesión o de la fobia: contar para no sentir, medir para no saber, buscar una cosa pequeña o puntual para despistarnos de lo más grande o más procesual.


El disfraz se encajó al cuerpo y es fácil confundirlo con la piel. ¿ Por qué no?. Además ¿ quíen dice que sea algo en realidad diferente?. Mientras mantenga la duda no me muevo, así que  !viva la duda!. Siempre que además nos quejemos un poco de ella, en ambientes seleccionados e interesadamente escogidos, de tal manera que el falso equilibrio se mantenga y conservemos la buena conciencia de que nos lo cuestionamos. 


Debajo de la falsedad quizás haya rabia. Ese grito tan callado de quien de repente cae en la cuenta del montaje. La rabia nos conecta con la energía necesaria para romper la carcasa, pero también ella es golosa y nos puede llegar a envolver en su velo sin que nos percatemos de ello, o sin que sepamos deshacernos de su exceso o de su impertinencia. Nos reconduce al animal que somos, como si de una llamada a los ancestros se tratara. Salimos en busca de la fuente y ahí la crisis se convierte en camino.


La amenaza de la rabia, el temor a sentirla y a utilizarla como vehículo, puede ser tan grande que se coma cualquier movimiento. Hemos tenido al bicho dormido durante mucho tiempo, y lo hemos tornado feroz como cualquier animal enjaulado. El tabú de la agresión ha creado violencia.


Hay demasiada carga en el almacén y es más fácil hacerlo estallar que sacarlo poco a poco y asistiendo responsablemente al proceso. La falta de experiencia ha generado fantasía, fantasía normalmente tan terrible que nubla la conciencia de que el globo lo hemos inflado también nosotros al escindir del coro las voces que clamaban, sensatas entonces, libertad, la diferencia de la no uniformidad. Las veces que no quisimos /pudimos ser.


Quizás debajo de todo estén el dolor y la vergüenza. Desde luego que hay una rabia orgánica, tan profunda como ambos, fruto de la necesaria y primitiva frustración del deseo infantil omnipotente. Y también una rabia natural u orgánica, tan necesaria a la salud como el reír o el llorar. Pero también hay otra rabia que esconde, camufla y protege dolor o vergüenza, que podemos entender aquí como análoga al pudor. Endurecerse para no ablandarse. Aunque no es menos cierto que también sucede al contrario, cuando el lloriqueo de pitiminí falsea un no como una catedral o un sí como un orgasmo; cuando nos ponemos empalagosos como la nata para no expresar, por ejemplo, el resentimiento o los asuntos pendientes desagradables. Deshacerse para no ser ahí.


También nos enfadamos muchas veces para, en realidad, no sentir nada. Nos en-fadamos, nos dejamos llevar por las hadas, para que nos sigan contando el cuento que nos aletarga, y en el que casi siempre el mundo gira a nuestro alrededor de uno u otro modo, por más misterioso que parezca el asunto. A veces como princesas, a veces como brujas (existen clubes psicopatológicos de muchos estilos); como enanitos, como castillos, o desde una posición tan cómoda como la de la florecilla que sólo tiene que mirar pasar a la reina y sonreír con sus pétalos. O ni siquiera eso.


Es tan difícil decir no, serenamente, sin dejar de mirar al otro, pero sin engañarse sobre a quien le va a tocar pagar los platos rotos si la cosa sale mal. No menos que decir sí, con firmeza pero sin atolondramiento, sabedores de que en realidad nos estamos diciendo sí a nosotr@s  mism@s. O que sólo si también no lo contamos así, va funcionar la cosa eficazmente. Que la letra pequeña del negocio mediante la cual intentamos involucrar al otro en nuestra decisión, no va a servir de nada ante el Gran Notario. Ni ante la vida ni ante el espejo.


De tal manera que el trabajo con el dolor y el trabajo con la vergüenza, junto con el acceso y elaboración del vacío ( el “no-thing-ness” de Perls[2]), sean quizás las grandes vías de la psicoterapia profunda exitosa. En ambas son necesarios los dos instrumentos gestálticos por excelencia: el apoyo y la frustración.


La vía de la vergüenza[3]- entendida ésta como lo que le pasa a una persona cuando contacta verdaderamente con su inocencia, con su “ alma”, con su ponerse realmente bella - necesita, sabemos, tanto de apoyo como de frustración.


Frustración de lo que va apareciendo en lugar de la vergüenza: las manipulaciones, la gazmoñería, el victimismo, el ataque, la rigidez, el pasteleo, la anestesia... Todo aquello con lo que la vamos ensuciando a cada momento. En el proceso psicoterapéutico el almacén de las estrategias de manipulación se abre y empieza a mostrarse. En la búsqueda de la blancura todo aparece con un punto, al menos, de color, que en ese contexto es muchas veces un punto de dolor, de rabia o de perplejidad. Aunque dejarse sentirlo ya es en realidad una manera de empezar a quebrar el automatismo.


En la medida en que entramos en la nube empezamos a sospechar de todo. ¿ Será esto verdadero o falso?. El impacto de la sospecha puede no dejarnos discriminar, no dejarnos dar el siguiente paso que podría consistir en diferenciar realmente qué es cierto y que no, en ese momento, en cada episodio de contacto o en cada ocasión de insitgh. Una y otra vez.


Aprender a sostener la ambivalencia de que el asunto sea la vez verdadero y falso; que haya al  mismo tiempo eso automático que me despersonaliza y me que aliena ( y que daña y que me daña); y eso más genuino que me honra porque va desvelando mi esencia, la parte más limpia de mi  mism@.


Y, cada vez, a bajarnos del burro, gritar, llorar y ( si sabemos y podemos) pedir perdón. Al otro, a la vida, a mi  mism@. Y volvernos a subir enriquecidos de la cicatriz de la herida, instalada ésta para recordarnos el dolor de la experiencia cada vez que, automáticos, vayamos a repetir el  mismo “gesto”. Aunque harán falta muchas idas y venidas a la cicatriz para que algo realmente se mueva. Quizás haya un día en el que el dolor de repetir el goce sea mayor que el propio goce, e incline la balanza del otro lado. O no.


También necesitamos apoyo para sostener ese momento tan difícil, por normalmente desconocido, en el que un@ se siente inauditamente desnudo en cuerpo y alma... frente a otro. En los consultorios de psicoterapia suceden algunos de estos momentos. Momentos casisagrados en los que nos solemos entretener para no sentirlos plenamente: hablamos más de la cuenta, sonreímos nerviosos, quizás se nos caiga algún acting de los bolsillos...; las manos se nos podrían disparar hacia la cara para ocultarla si no fuera un gesto tan escandaloso, si no se nos fuera a notar tanto...


!Es tan difícil sostener la blancura!. Bueno, quizás tanto como la blandura. Su inmensidad puede ser pareja del instante de silencio que precede al trueno. Presencia, silencio o pocas palabras, corazón blando por parte del terapeuta para poder permitir esa experiencia en el paciente. No es fácil, si es honesto. Cuanto más desconocida sea esa experiencia para el terapeuta, más tenderá éste a llenar su angustia y su vacío con el llenado de la experiencia del paciente. Con lo cual la falseará más leve o más gravemente.


En segundo lugar, el proceso hacia el dolor, entendido éste como el dolor psíquico negado que subyace a toda enfermedad ( psíquica, psicosomática o - menos claramente- también somática), también necesita tanto de apoyo como de confrontación.


Confrontar o enfrentar las máscaras del dolor, el carácter, las estrategias que un@ diseñó sin saberlo para que “ aquello “, o más bien los “aquellos”, no volviera / n  a ocurrir... y que siguen sucediendo en las propias narices, en el presente de la relación terapéutica y en la vida cotidiana.


La relación terapéutica gestáltica, la fritziana, esta diseñada para favorecer la crudeza y fundamentalidad de nuestras repeticiones. El terapeuta que intenta estar ahí será nuestra víctima y, en la medida que sea capaz de transformar el veneno en remedio, nos podrá devolver algo vivo y tangible. Operativo. Pero si no nos llega su dolor, más difícilmente nos percataremos significativamente del daño causado a nuestras otras víctimas, las que no nos supieron decir nada o nos lo dijeron torpemente, las de nuestra historia y las de nuestra vida cotidiana. Aunque si nos llega demasiado ese dolor del terapeuta, sobre todo si nos llega más sucio o “cargadito” de la cuenta, nos rebotaremos y volveremos a la nube. O será una excelente pista para despistarse. Y vuelta a empezar.


Preferimos el sufrimiento, la mutilación de tantas partes de un@  mism@, el “ vivir hipotecado”, a la inclusión del dolor en la maleta. Nos olvidamos cada vez de que en cada dolor psíquico vivido, en cada dolor no negado, hay algo que nos fortalece. Cuando no nos dolemos, sufrimos. Porque activamos los mecanismos de evitación que van convirtiendo la vida en un calvario. No menos que cuando se nos ponen las gafas demasiado oscuras o demasiado refulgentes, y dejamos de participar en la vida normal y corriente de un modo normal y corriente.


Para que alguien se abra a su dolor suele convenir asimismo que el terapeuta pueda y sepa apoyar, por otra parte, la enorme fragilidad de la persona que suele aparecer en esos momentos. Así como el poder ofrecer la compañía, nunca eterna, en el estar ahí, en el no evitarlo en la experiencia. De esa particular fragilidad y de la bendición que supone la compañía limpia en esos casos, suele saber quien lo experimentó de algún modo en propia carne. Aunque también la compañía limpia es adictiva ( la voracidad es muy suya...), y podemos llegar a olvidarnos de que lo que aprendimos a ver afuera, nos toca ir aprendiendo a encontrarlo adentro.


La persona que se duele de verdad puede llegar a derretir a quien la mira, como el fuego. Si, como terapeutas, nos alejamos demasiado para protegernos corremos el riesgo de sólo llegar a pensar el dolor del otro. La cosa probablemente funcionará, entre otras cosas porque el otro aprenderá a pensar su dolor. Pero también muy probablemente ese dolor sólo pensado sea un dolor recortado, y la energía vital generada sólo dé para dar vueltas en la noria o, cuanto menos, se lentifique innecesariamente el proceso.


Si, como terapeutas, nos acercamos demasiado a ese dolor las brasas pueden llegar a jalarnos, como dicen los mexicanos. Desde muy cerca es más difícil ver la zancadilla que el paciente se va a poner a sí  mism@ o a nosotros, o la que nosotros le vamos a poner a él / ella. Es muy difícil contagiarse de su dolor sin contagiarse de sus mecanismos para evitarlo, que conjuntamente configuran un color muy particular de mirar las cosas, fácilmente confundible desde ese lugar con la cosa en sí. Y desde muy cerca, claro, no hay posibilidad verdadera de estar ahí sin poner también de verdad el propio dolor, su fondo, mientras contenemos la forma porque alberga nuestros contenidos y no los del paciente.


Pero si lo conseguimos, la experiencia para el otro ( no menos que para nosotr@s  mism@s) es difícilmente olvidable. Se graba en el almacén de la esperanza en las personas. Y suele ser uno de los combustibles más fiables en los momentos difíciles de la vida. Por ejemplo cuando nos dejamos invadir por la soledad que todo se lo come, cuando todo se torna negro, negro, negro...


Y el vacío. Cuando por no haber no hay ni siquiera dolor o vergüenza. Ni palabras ni rabia. Es decir, la experiencia de disolverse, en algún sentido, y el tránsito por la angustia de desaparecer. Con la paradoja de que a la vez, de algún modo, es así; de que hay una real desaparición en cada experiencia de vacío. Aunque la perspectiva puede cambiar. Para el yo esclavo de la fuerza centrípeta ( “soy más yo, cuanto más sólido soy”) disolverse es perder. Para los yoes que van aprendiendo a también ser líquidos o gaseosos, no está tan clara esa pérdida. Aunque el “cuánto voy a morir está vez, y si no será esta la definitiva”, quizás no deje de amenazar nunca.


El corazón que se duele húmedamente alimenta con sus gotas el deseo que supone y se muestra en la vergüenza, y hay quien dice que quizás hasta lubrique así las neuronas de la persona que lo aloja. Porque si hay vergüenza, en última instancia hay deseo. Y si hay deseo hay vida o esperanza de ella. Como cuando hay odio, que bien puede ser un deseo transformado por la frustración. Ya que, como dice la canción, “sólo se odia lo querido”. El odio como deseo bloqueado, pues.


Aunque sin experiencia de vacío es difícil que eso suceda. El dolor y la vergüenza de no- ser, o de no haber sido, de no haber estado o de haber sobrado. Pero también el dolor y la vergüenza de ser como un@ es. De no tener otra piel que la que llevamos puesta, ni otra vida que la que estamos gastando. Y quitarle tragedia, y su subsiguiente ventaja, al asunto.


Las huellas del dolor y de la vergüenza vividos pueden significar una puerta hacia el gozo que abre el no-goce, para el eventual cese o significativa disminución de los mecanismos que nos atan a la repetición automática, a la enfermedad, al carácter.


En el mar que es la vida podríamos decir que el dolor nos comprime y la vergüenza nos descomprime. Si aprendemos a manejar la válvula de oxígeno, vamos aprendiendo que el dolor nos hace más pesados y nos permite rastrear el fondo. Como en los primeros compases del sexteto 1.2 de Brahms, nos podemos marcar el inicio de la caída con un gesto heroico o grave. Solemne. ¿ Por qué no, si ello nos ayuda a honrar y efectuar la siempre difícil bajada al lodo?.


Si nos falta peso para bucear en las simas, le podemos agregar dosis de rabia de la buena. El mayor peso nos ayuda a no sucumbir a las voces de sirenas, siempre etéreas, que nos llevarían a emerger antes de la cuenta. Y, falseándola por deflexión o por premura, matar la gesta.


Si con el dolor bajamos, con la vergüenza subimos. La experiencia de tocar el pudor y de ablandarse ahí nos torna livianos, como si flotáramos. Así que ascendemos en el océano. El suspiro, como el humor, disuelven el exceso de dramatismo al que nos puede haber llevado la excesiva gravedad, el haber convertido el do exquisito del violonchelo en toda una marcha fúnebre mal interpretada.


Algun@s encuentran con ello la libertad de poder no reaccionar, sino actuar. O no. No olvidarnos de que el centro de gravedad, el hara, está en el bajo vientre. Sí. Pero en el mío, no en el del otro.


La experiencia de vacuidad, húmeda y tibia, suele ser amiga de la gracia y, algunas veces, también de la Gracia. Con “ un poco de suerte” (... y viento a favor), nos acompaña siempre grácilmente en el viaje hacia el Gran Azul, hacia la Mar. Siempre que nos dediquemos a mantener limpio el vehículo. Parece ser que no le gusta demasiado la bajeza de quien la quiere transformar en pretensión.


El trabajo con el dolor nos conduce al centro de la intimidad de nuestras heridas, nos las lame en medio de nuestro llanto, si nos dejamos acompañar real o bienimaginadamente. La experiencia de vergüenza nos da la luz interna necesaria para seguir trabajando en la cueva. Nos recuerda que somos seres de luz en una continua búsqueda de nuestras oscuridades, al tiempo que seres oscuros buscando la luz. Porque el diamante está en la cueva; no flota en el cielo. Caería. Ora lo encontramos envuelto en roca, ora lo perdemos y de la inenarrable tragedia de la pérdida nace la energía para seguir en la búsqueda. Porque si el diamante está en la cueva, la luz que contiene, quizás el vacío subyacente a esa forma tan perfecta, esté en el cielo.


Mientras tanto, la eventual experiencia de vacío nos puede llegar a aportar el descanso de la relatividad de todo ello, la experiencia del puro estar ahí. Y, si podemos, del suspiro. ¡Aaahhh... ¡



( De Clínica Gestáltica....)






[1] Perls, F.: 1974, op. cit. P. 67.
[2] Perls, F.: 1974,  op. cit. P. 69.
[3] Sé que sorprenderá está particular acepción del concepto vergüenza. Solemos asociarlo en clínica de otra manera. Pero no por ello quiero dejar de insistir en esta lectura.

lunes, 29 de julio de 2013

Contacto

Psicólogo, trabajo como psicoterapeuta y formador de terapeutas desde hace ahora 34 años. Me tocó ser el primer español que impartiera formación gestáltica en Barcelona y uno de los primeros en España. Co-director de la Escuela del Taller de Gestalt de Barcelona (E.T.G.B.), una de las más antíguas de Catalunya.Tener el privilegio de, con veintipocos años, ser Profesor Invitado en Escuelas de Gestalt como la de Paris, Bruselas, Ginebra, Milán o Madrid me permitió muy pronto ampliar muchas perspectivas.El encuentro con Guillermo Borja (Memo) y Claudio Naranjo ( de quien tuve el honor de ser colaborador en los primeros SAT´s en España en los noventa) marcaron un antes y un después en mi vida profesional... y personal. Me honran con ser Miembro de Honor de la Asociación Española de Terapia Gestalt.Tengo 55 años, dos hijos y he intentado contar lo que sé de mi oficio y de otras cosas en dos libros, hasta hoy: “Clínica Gestáltica: Metáforas de Viaje” (2001) y “Veinticinco años de Gestalt: Memorias de un gestaltista precoz” (2004), ambos en Ediciones La Llave.

Sesiones individuales de psicoterapia individual  y de pareja.
Acompañamiento de Buscadores
Sesiones de supervisión para profesionales de la relación de ayuda y de la relación.
Formación de Terapia Gestalt (ETGB .http://www.aulagestalt.com/formacion/formacion-en-terapia-gestalt/ ) 
Grupos "especiales" ( Taller  de Sexualidad, Grupo de Atención, "Los Doce Trabajos de Hércules"...)

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