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domingo, 26 de enero de 2014

Hacer nada... (en particular)


Hacer nada... (en particular)








“El sabio aprende a desaprender,
Volviendo sobre el camino que la masa desaprueba;
Y adhiriéndose a la espontaneidad de los seres,
No hace nada”.

LaoTsé[1]




El capítulo que sigue, capítulo final de este libro, quiere ser una suerte de síntesis. Una especie de lugar de llegada - hermano gemelo del lugar de salida, desde luego - a la vez que melodía de recorrido, canción de camino, algo que he venido practicando, viendo de aprender y enseñando tímidamente en los últimos años.


Es el fruto, por un lado, de diversas y anárquicas experiencias desarrolladas sobre todo entre 1992 y 1998 en diferentes ámbitos: sesiones individuales, de pareja y de grupo; talleres, seminarios, algunas conferencias, grupos de formación y otros. Y sobre todo, en cuanto a sistematización se refiere, el resultado de un grupo específico de dos años (1999-2000) al que convinimos en llamar “Grupo de Mayores”, una especie de post grado muy sui géneris con terapeutas ya formados y gente muy currada en trabajo personal, un grupo sin programa y sin tarea preconcebida, en donde los participantes tuvieron la confianza y la valentía de embarcarse. Quiero dar las gracias a todos los que participasteis, sufristeis y gozasteis de esa experimentación y de las que la precedieron y acompañaron. Como dice Llach, “Sou vosaltres els que heu fet del silenci (inici de) paraula”


 Las líneas que siguen quieren ser, así pues, un intento de elaborar algunos aspectos (de nuevo matizando matices de una frase... ¡qué le vamos a hacer¡) de la expresión “hacer nada”. Trato de ir más allá del sentido popular o directo de la locución que la haría equivaler en general a “no hacer nada”. Sentido con el que no acabo de estar de acuerdo del todo ñ yo tampoco - como ya anunciaba en un capítulo anterior y se verá a continuación.


En principio, podríamos decir que hacer nada es imposible. Empecemos por ahí. En el sentido literal de la frase uno siempre está haciendo algo, aunque esté inmóvil y aunque esté quieto; aunque no haya una acción, aunque no haya movimiento. Porque aunque estemos inmóviles estamos pensando, estamos sintiendo, estamos en babia, in albis, “en blanco”, estamos... Así que de entrada decir que, en el sentido directo de la frase... Le comentaba a mi hijo, con 11 años en aquel momento, el título del texto en el que trabajaba y me decía: “Eso es imposible, papá”. Tenía razón, creo.


Bueno. No sé si imposible, pero me parece tremendamente difícil hacer nada también en el sentido no literal de la expresión. Es decir, yendo al final, a la conclusión del asunto antes de intentar abordarlo por diferentes lados, yo creo que hacer nada sólo lo consiguen los maestros, los maestros de trabajo interior o los maestros espirituales, o los maestros de cualquier profesión que han amaestrado su oficio de tal manera que consiguen un hacer que es nada en particular. Y éste es ciertamente uno de los primeros sentidos que debería ir con el titulo. De ahí la coletilla que sigue a los puntos suspensivos en él. Se debería llamar en realidad hacer nada en particular, en lugar de hacer nada.

Hacer nada, así pues. Una cosa muy extraña, muy poco frecuente, muy difícil de ver o de compartir, una rara avis. Dicho esto, lo que voy a intentar como decía, es entrar al asunto por diferentes aspectos, como si uno fuera metiendo cuñas o falcas en la tierra para aguantarla mientras vamos cavando y accediendo al agujero central donde anda la veta que buscamos... o al propio agujero.


1. Hacer nada vs. No hacer nada


En primer lugar creo, como anunciaba, que hacer nada es diferente de no hacer nada. No hacer nada entraña, por su propia construcción sintáctica negativa [“no...”], una actitud de evitación, de huida, de contención, de represión, de aguantar algo - la acción en este caso - que no está presente en lo que entiendo como hacer nada. Hacer nada en cambio sería lo que alguien puede conseguir - si lo consigue - cuando deja de intentar tanto hacer algo en concreto, como no hacer nada. Al mismo tiempo, simultáneamente, atendiendo a ambas cosas a la vez.


Un ejemplo que me parece ilustrativo tiene que ver con las fases de trabajo con el carácter en el eneagrama según el enfoque de Claudio Naranjo. Una brevísima introducción a ello para quien no conozca el asunto, aunque he venido abordándola con diferentes paráfrasis en capítulos anteriores. Vamos de nuevo a otra de ellas por un instante.


La idea es que hay un carácter, una máscara, una armadura, un personaje interno que se ha ido desarrollando en la niñez, y que se constituye en una especie de tirano interior que nos hace actuar más automáticamente de lo que creemos. En la manera de verlo del eneagrama hay 9 tipos fundamentales. Aunque es algo aplicable a muchas maneras de entender el proceso terapéutico, sino el proceso vital, me parece que las fases que según el trabajo del doctor Naranjo aparecen ahí, ilustran significativamente uno de los aspectos principales de ese hacer nada. Así que a ello me referiré.


Cuando en el proceso de auto-conocimiento nos encontramos con el carácter, es decir, con la personalidad entendida como prisión, con el conjunto de maneras que uno ha decidido (falsamente) “ser” - con la neurosis entendida como un conjunto de pensamientos, emociones, acciones, actitudes y comportamientos que son automáticos y, muy particularmente, que se nos escapan de las manos - hay una primera fase en el trabajo terapéutico, de auto-conocimiento o de Trabajo Interno (Fase I) en la que se suele recomendar precisamente no hacer nada (con ello): observar los pensamientos que surgen, las emociones que nos suceden, lo automático de las acciones que aparecen y que hacemos, y simplemente registrarlas. Digo que ahí sería no hacer nada porque la actitud, la propuesta, es no oponerse. No hacer nada... más que registrar.


Pongo un ejemplo. Supongamos que frente a una confrontación, es decir, a un enfrentamiento, a una discusión, alguien se encuentra con que siempre ríe - “ ja, ja, ja “ - Es algo que siempre ocurre, u ocurre frecuentemente o muy frecuentemente y, muy especialmente, que sucede más allá de mi propio control. Entonces, ahí el trabajo de no hacer nada sería por ejemplo: “Día 19 de febrero, 20.30 horas, me cabreo con fulanita y en lugar de decirle que estoy cabreado, río "ja, ja”. Registro sin intervenir. “21 de febrero, 9,15: En el trabajo mi jefe me pega una bronca injustificada y yo, en lugar de decir lo que pienso, digo ja, ja y despisto”. Registro sin intervenir. Etcétera.


La actitud es de no hacer nada más que registrar y poner atención en aquello que está ocurriendo y que voy viendo que es repetitivo. Entonces nos solemos encontrar con que hay una serie de pensamientos o iconos fijos, de emociones y sensaciones que se repiten y de acciones o actitudes que suceden una y otra vez. La actitud de no-intervención y el registro minucioso y continuado permiten ir viendo cuáles son en concreto en cada persona y cómo se manifiestan. El shock emocional puede ser profundo y debe ser clínicamente bien acompañado. Si no, es posible encontrarse con consecuencias “desagradables”, es decir que nos van a requerir más trabajo como terapeutas o acompañantes,  Y existe el riesgo de malgastar el tiro, según mi experiencia, de desaprovechar un poderoso instrumento por un error de timing.


Hay una fase siguiente del trabajo (Fase II) que es lo que se suele llamar la guerra santa. Concepto confuso en nuestros días, mal y muy interesadamente utilizado. Guerra Santa entendida como Santa Guerra, como una guerra interior, una guerra contra el propio ego - “Donde dije Diego digo Ego” dice Aute en sus Poemigas[2] - no entonces como una guerra contra el otro, ni contra el mundo, ni por supuesto contra los “infieles que no comparten mi delirio”. Ahí la propuesta es enfrentarse a, luchar contra y, digamos, el esquema sería: “cuando me encuentre con fulanita, y ocurra aquello, en lugar de reír voy a dejar de reír”. (¡Glups...¡)


Ahí nos ponemos a hacer algo contrario al propio automatismo, por lo tanto hay una actitud de ir en contra de o de luchar contra eso que pasa dentro de nosotros y que se nos va de las manos. Eso que siempre se repite, “eso que - hasta que empecé a verlo de otra manera o a sospechar que podría ser de otra manera - creía que era yo”. Entonces, bueno, si en la primera fase era no hacer nada, ahí es ir contra, es intentar cambiar las actitudes automáticas.


Y hay una tercera fase (Fase III) que, tal como yo lo veo, corresponde a ese primer giro semántico de la expresión hacer nada, en el que la cosa es que ya no importa tanto si me río o me dejo de reír, si me cabreo o no me cabreo. Sino que fruto de todo ese trabajo realizado, primero de observación y después de ponerse frente a, si me río me río de otra manera, porque me río con la conciencia más clara o más intensa o más global, en definitiva más propia, de que me estoy riendo. Y si no me río también está bien porque actúo con la conciencia de que no me estoy riendo. Me percato de ello.


Entonces, digamos que “nada” se referiría aquí mas bien a eso: “Cualquier cosa que haga es oportuna porque detrás hay un camino que me ha permitido ver aquello para lo que estaba programado, la salida de esa desprogramación y entonces puedo ir por aquí, o puedo ir por allá”. Lo importante, además del eventual cambio comportamental, es la calidad de atención, y ahora propiamente de Atención, que ha surgido con todo ese trabajo y que suele ser cualitativamente diferente.


Así pues ese hacer nada desde este primer prisma se refiere a que ya no importa tanto tantísimo que tome una opción o que tome otra. En la primera fase (I) somos prisioneros de un automatismo, del automatismo del (inevitablemente) hacer, pensar, sentir... de una manera determinada; y en la segunda fase (II) somos prisioneros de la guerra contra el automatismo, del surtout pas, del por nada del mundo hacer, sentir, pensar aquello, dicho hiperbólicamente. Así pues, en ambos casos somos prisioneros. Ambas fases tienen aspectos positivos y negativos, digamos. Entonces podríamos decir que esa tercera etapa de hacer nada se caracteriza porque hay mayor libertad, porque ya no es tan fundamental el tipo de reacción que tengamos. Porque lo que importa, repito, es la conciencia que hemos desarrollado en ese proceso. Es el multi-repertorio de conductas posibles por verdaderas y por nuevas, y su pertinencia ad hoc, lo que sustenta nuestra mayor libertad interna.


2. Hacer nada y no-apego.


En ese hacer nada hay también un paralelismo con el jóker del poker con el comodín de la baraja ( de la Baraka...) española, en el sentido de que es posible poder ocupar no importa qué lugar, porque todos los lugares que ocupo son parte de mí, porque he aprendido a ser cada uno de esos yoes ( cartas, aspectos, Arcanos) diferentes. Y, claro, el paralelismo se extiende y encuentra plenamente al Loco del Tarot. El “Arcano sin Número”(¡), el Cero. Recordemos aquí el “lo” y lo neutro del capítulo anterior. Pero el Loco es “Le Mat” en el provenzal original, que también es el tonto, el memo[3] (¡), el estúpido en el sentido del Nasrudin sufí: el inocente, el in - nocente, el que no tiene daño que hacer, el que no es nocivo, el que está tan vacío y tan limpio que puede ocupar cualquier lugar. Es decir, el que puede ocupar aquello de la propia identidad que no es un lugar que, en realidad, (también) soy (yo)


Así que también hacer nada se refiere, me parece, a no apegarse excesivamente a la forma de algo. Ese nada sería lo que tienen en común las diferentes formas, que son diversas, pero que guardarían un punto en común, si uno es capaz de percibirlo desde ciertos estados de conciencia. Es entonces poder “ver” ese punto común, ver esa unicidad en la multiplicidad, lo que creo que permite que cualquiera de las opciones puedan ser más factibles, más adecuadas o eventualmente más pertinentes.


Dice Schopenhauer, el “apasionado y lúcido Shopenhauer”, como le llama Borges:


“Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega en el patio, es aquel mismo que brincaba y que traveseaba hace quinientos años, pensará de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro (...) Destino y vida inmortal quiere la leonidad que, considerada en el tiempo, es un león inmortal que se mantiene mediante la infinita reposición de los individuos, cuya generación y cuya muerte forman el pulso de esa imperecedera figura. (...) Una infinita duración ha precedido a mi nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto¿ Metafísicamente podría quizás contestarme: [Yo siempre he sido yo, es decir, cuantos dijeron yo durante ese tiempo, no eran otros que yo]”[4]


Volvamos al ejemplo. En el caso que he comentado (el de la confrontación), sería reírse a propósito pongamos por caso. Ya no es una risa que me sale y se me lleva, sino que hay una posición de: “Ah, voy a hacer lo que he hecho siempre pero de otra manera”; y el hecho de ponerle intención al asunto ahí... cambia la cosa. O: “voy a enfadarme mucho, o voy enfadarme poco, o voy a pasar del asunto sin enfadarme ni reírme, o voy a darle las gracias (pero de verdad, o de mentira clara...) a la otra persona, o...” Con la atención puesta entonces en que, en realidad, son formas diferentes de algo que tienen en común: el punto en que me puedo sentir yo en cada una de esas maneras. Y ahí la cosa cambia, insisto. Cambia bastante, vamos... Recordemos aquí lo que decía Lacan, retomando algo del primer capítulo, de que el asunto principal o más nuclear de la angustia, elemento constitutivo del mortero de toda patología, no fuera la fantasía de castración sino la de fragmentación. Aprender a ser eso que une los fragmentos es una especie de seguro de fragmentación, o de desangustia en la fragmentación.


Otro ejemplo de este asunto de la forma y del nada, sería el tema de las decisiones. A veces nos encontramos en la vida con un subidón de ansiedad o de pánico porque nos parece que tenemos que decidir algo ( mejor dicho, decidir ¡ya¡...) Por ejemplo conservar o dejar una relación, tomar este trabajo o tomar el otro, cambiar de casa, quedarse en este país o irse a otro, ir por aquí o ir por allá... …- éste me parecee es uno de los casos en los que nos dejamos atrapar - comer - por la forma en que se presenta el asunto. De tal manera que el mapa interno es, sobre todo cuando sube la angustia, que hay una decisión buena y una decisión mala. Porque, entre otras cosas, decidir es una manera “excelente” de quitarse la angustia de encima, y eso es maravilloso. Y, algunas veces, estoy pensando en casos que he tratado en la consulta, que de acertar la decisión depende mucho  el resto de mi vida ( por ejemplo en el caso en un carácter pasivo-femenino, oral pasivo, o eneatipo 7 según diferentes taxonomías) Incluso en casos exagerados - estoy pensando en otro paciente en concreto -  es como que si acierto en la decisión ya no voy a tener nada más que hacer ya... o en la vida, y si fracaso en la decisión todo está perdido. Entonces ahí el hacer nada ¿qué sería?


Bueno, pues sería desvelar el engaño. Poder ver el asunto como que no hay una decisión buena, completamente ok, y una decisión mala, completamente no-ok. En primer lugar porque no suelen haber sólo dos opciones visto el problema  “primmiradamente”[5], con mirada ajustada, cosa que sí suele ocurrir cuando algo lo subimos a la cabeza y la cabeza ( hemisferio izquierdo) lo secciona ñ para esto está... - y lo divide en: o esto o aquello. Cuando podemos aplicar una atención más integral nos damos la posibilidad de ver que hay diferentes matices entre ambas opciones. Pero sobre todo eso lo podemos ver cuando nos ponemos también en la posición de, por ejemplo: “ambas opciones son ok, ambos caminos son posibles y no es que haya una decisión buena o una decisión mala absolutamente, sino que esta decisión es como estar en una bifurcación de caminos - que ya no es bifurcación porque se ha ampliado el repertorio hacia una multifurcación - y podemos ver que es una cuestión de grados, que ambas opciones o todas las opciones o las varias opciones son ok para mi... si yo me abro y amplío así mi identidad”. Algo así como: “En este camino me voy a encontrar con esto a favor y con esto en contra, voy a ganar esto y voy a perder aquello, probablemente me encuentre con tal tipo de cosas y me desencuentre con tal tipo de otras. Y en la otra opción me voy a topar con esto a favor y con esto en contra, va a implicar mayor dosis de esto y menor dosis de lo otro; pero que por lo tanto lo importante no es la decisión que tome sino el que siga en contacto con eso que me voy encontrando, sea lo que sea”. Entendiendo que son opciones que me van a llevar a consecuencias y a posibilidades diferentes y diversas.


Entonces la cuestión deja de ser tan obsesivamente ese “hacer aquello, o morir” ( exagero, claro) y en ese sentido lo llamo hacer nada, o hacer nada en particular. Puedo ir por aquí o puedo ir por allá, porque de ambas maneras soy yo.


Otro matiz, que quizá ya conocerá el lector, es lo que Perls llamaba “nothigness” o capacidad de ser nada, o cualidad de la nada (vuelvo a una cita tantas veces utilizada) Decía Fritz:


 “La filosofía de la nada - nothingness -  es muy fascinante. En nuestra cultura la nada tiene un significado distinto al que tiene en las religiones del este. Cuando nosotros decimos nada, hay un vacío, algo semejante a la muerte. Cuando una persona del este dice nada la llaman “ninguna cosa” - no thing ness - no hay cosas ahí, hay únicamente proceso, transcurso. La nada no existe para nosotros en sentido estricto porque la nada está basada en el darse cuenta de la nada, con lo que hay darse cuenta de algo y luego, hay algo ahí. Encontramos que al aceptar y penetrar ese nada, el desierto empieza a florecer, el vacío se hace vivo, se llena. Nada equivale a real, verdadero”[6]


Esa capacidad de ser nada ñ  esa nadiedad, o nadeidad - sería en mi opinión uno de los fundamentos del estado saludable. De eso ya hablé en mi primer libro, al que me he venido refiriendo[7], pero me gustaría redecirlo aquí ya que tiene que ver con el tema que nos ocupa. Digamos que hace nada quien puede ser nada, y puede ser nada quien se desapega de la forma de ser. Quien aprende a sentirse ser en cualquiera de las formas posibles (de ser); es decir, de ser yo o de ser un@ mism@.


Resumiendo, el asunto es que ñ como ya sabrán seguramente la mayoría de los lectores - cuando nos formamos como personas, vamos formando la identidad, además de por factores genéticos, por respuestas al y del ambiente; y según lo premiada o castigada, lo reforzada o inhibida que encontremos tal actitud o tal conducta, vamos decidiendo: “yo voy a ser o yo soy así, y no asá”.


Por ejemplo, “yo soy fuerte” o “yo soy ingenua” o “yo soy lista” o “yo soy raro”; y entonces vamos haciendo como un dibujo de nosotros mismos en el que vamos metiendo dentro  - como lo que hacemos con los colores cuando pintamos con el ordenador o cuando arrastramos carpetas para constituir una nueva o para cambiarlas de ubicación ñ vamos incorporando pues todo lo que consideramos la propia identidad, así que dejamos fuera todo lo que decimos: esto no soy yo. Entonces, quien ha decidido por ejemplo que es fuerte, cuando se siente débil... o huye de la experiencia que le puede hacer sentirse débil ( o deflecta, o proyecta o...), o dice: “esto no soy yo”.


Pero claro, si uno puede sentirse fuerte y débil, ingenuo y perverso, raro y normal... según con quién, cuándo, cómo, dónde... deja de estar condicionado a tener que ser de una manera en concreto. Y en la medida en que uno deja de estar condicionado a tener que ser de una manera en concreto, se va acercando a ese ser cualquier cosa; a no tener que ser necesariamente de una manera en particular para sentirse ser, o para sentirse yo o para sentirse bien, entendiendo ese “bien” aquí como una posición de trato igualitario de lo disfórico y de lo eufórico, evidentemente. Nuevamente ese matiz.


Pienso en un ejemplo... Un terapeuta supervisaba conmigo el caso de un chico joven de veinte-y-pocos años que se atormentaba mucho por ser inseguro y miedoso, y decía: “No, es que yo soy seguro, yo no soy miedoso, lo que pasa es que me ataca el miedo”. Y claro, ahí estaba la raíz del conflicto, porque si esa persona se pudiera sentir (ser) tanto seguro como inseguro, si se pudiera sentir ser tanto el “me”, como el “miedo”, como el “ataca” de la última frase ( “me/ ataca/ el miedo”), dejaría de luchar tanto, dejaría de gastar toda la energía que gasta para protegerse de sentirse inseguro. Porque podría sentirse ser en todos esos archivos de identidad. Porque estaría comprendiendo que una cosa es la identidad y otra sus registros, sus formas.


Ahí ser nada, es decir, nada en particular, sería que esta persona pudiera sentirse ser tanto de una manera como de otra; de tal manera que se ahorrara toda la energía que gasta para tirar afuera todo lo que viene a la conciencia o a la experiencia que considera como “ no es yo”. Claro, si se ahorra esa energía en la defensa -digamos- la tiene disponible para vivir. Así que puede uno vivir con más energía en el sentido más carburante del término “energía”.


3. El terapeuta que hace nada


 Otro aspecto de hacer nada podríamos enunciarlo, aplicado al mundo de los gestaltitas, como que el terapeuta gestáltico (o no gestáltico) que ha amaestrado su oficio, que ha llegado a un cierto nivel de maestría... hace nada, o puede hacerla.


Así que, por ejemplo, desde ese punto de vista la terapia gestáltica no sería una terapia emocional solamente, retomemos algo del primer capítulo, porque puede ser emocional o puede ser corporal, o puede ser cognitiva o puede ser simbólica, relacional o espiritual; y ese nada se refiere a que no importa tanto la técnica que uno utilice sino el cómo la utilizamos y el cómo un@ está presente en o a través de la técnica que utiliza. Y qué resultados obtiene. Y cómo nos sentimos con esos resultados que obtenemos. Así que ese nada puede ser dicho como que muchas acciones son posibles fuera de lo que se entendería clásicamente como técnica gestáltica, siempre que el terapeuta pueda estar presente a sí mismo, presente al otro, presente al contacto y presente al entorno o mundo.


La enunciación de esa posición en mi formulación actual, la que vengo manejando por ahora, sería: “Ninguna cosa en particular, pero cualquiera y entonces ésa... o no”. Repito: ninguna cosa en particular porque no es mejor a priori un camino que otro. No es siempre mejor el abordaje emocional que el abordaje corporal, ni el abordaje simbólico que el abordaje cognitivo, ni sus viceversas respectivos. Depende de los casos, de los momentos del proceso, de las circunstancias. Que cualquiera de las intervenciones atendidas, puestas con conciencia, pueden entonces ser útiles en principio. Y una vez elegida ésta, entonces, puesto todo ahí... o no.


Bien, me interesa reflejar de esta formulación, sobre todo respecto a esa parte final de “... o no”, que ni siquiera en ese caso hay un apego total a la cosa en sí, y eso es otra de las maneras de entender el hacer nada. En realidad es la misma manera que vengo rediciendo de diferentes modos a lo largo del texto. Como lo dice Cristina Nadal: “Dejarse ser en el hacer, sin hacer para ser”. O sea, con mis propias palabras, menos sintéticas, “yo estoy haciendo esto que hago - que es una de las formas posibles que yo tendría de expresar lo que hay ahí dentro de mí - pero no es más valida que otra, ni menos, y podría hacerlo de esta manera, o no. En cualquier caso estoy ahí, y no “desconecto” la linterna de la atención global ( al otro, a mí, a nosotros, al mundo) Y veo de aprender de la experiencia”


 Volviendo a lo de hacer nada, incorporemos ahora un texto que me pasó Ramón Ballester, de autor desconocido y a quien pido disculpas de antemano por mi desconocimiento - está bajado de internet - que me parece precioso, y que habla del concepto oriental del Wu Wei. Dice:


 “El concepto oriental del wu wei (no-acción, inacción) que en occidente es tan  a menudo mal interpretado, es crucial para aquellos que están en el camino. Acerquémonos a su comprensión usando el lenguaje mejor adaptado a los trabajos espirituales, el sánscrito. En sánscrito tenemos las dos palabras akarma que significa “inacción”, y akarma-(x[8]) que significa “no hacer nada”. Y dice: “En la inacción no hay esfuerzo, es natural; al contrario, si pretendemos estar sin hacer nada hay esfuerzo. Cuando la gente se sienta a meditar está en muchas ocasiones tratando de no hacer nada y les resulta muy difícil, lo ven como algo inalcanzable y abandonan su practica. Cuando estamos inactivos, por el contrario, no hay esfuerzo ninguno. La inactividad viene tras un proceso de relajación y abandono, no tras un proceso en el que intentamos imponernos a nosotros mismos algo como la inmovilidad. La inmovilidad perfecta solo puede coexistir con una perfecta relajación, con un perfecto abandono en el Tao, en la providencia, en el fluir de las corrientes cósmicas. Se llega pues al Wu Wei, a la inacción, a través del camino de la relajación y el abandono de sí mismo, no se llega a través del camino de la ciencia, la moral o la religión o esforzándonos en algo, simplemente relajación y abandono en el Tao. Esto no significa inactividad, si el Tao requiere de nosotros una actividad cualquiera, por supuesto la realizamos; y en la acción respetamos la no-acción. La flor durante la floración está en Wu Wei, no hace nada, simplemente es una flor y florece. Si la flor tuviera una mente similar a la humana comenzaría a preocuparse y  preguntarse: ¿de qué color serán mis nuevas hojas¿ ¿Podría acelerar mi proceso con un poco de fertilizante¿ ¿Dónde venden el fertilizante¿ ¿Cuánto cuesta¿ ¿Qué dosis debería emplear? ¿Seré mayor que la flor de al lado¿ Este árbol de ahí no me gusta ¿cómo podría hacerlo desaparecer¿ etc, etc... Y empezaría a intentar estirarse para engrandecer sus pétalos y quizá aprendería Tai-chi para favorecer su proceso de crecimiento. El humano crea muchas más entidades mentales que una flor y dirige su actuación de acuerdo con estas entidades mentales, en muchas ocasiones en una dirección diferente a la del  fluir del Tao en ese momento. Esto genera Karma. Es el pecado en nuestra religión judeo-cristiana, si uno no actúa de acuerdo con el fluir del Tao está pecando. Si uno trata de permanecer inmóvil durante cuarenta minutos y el Tao le requiere para danzar de alegría, está pecando. Por el contrario, cada vez que actuamos según el fluir del Tao eliminamos Karma, lo borramos”.


 Resumo, así pues.


Me parece que hacer nada es una forma de hacer en la que no nos depositamos del todo en la acción; que cuando hay acción tenemos presente el contacto con nosotros mismos, con el mundo interno y con el mundo del contacto, y cuando no hay acción tenemos presente que podría haberla. Hacer nada en particular significa entender que no hay una acción necesariamente mejor que otra, y hacer lo particular con conciencia de lo general. “Actúa localmente, piensa globalmente”. Significa no depositar el ser en aquello que hago o en el resultado de aquello que hago. Es como: “yo soy de todas formas - en ambos sentidos de la frase [de todas formas][9] -  haga esto o haga aquello, haga bien o haga mal. Haga o deje de hacer, de todas maneras sigo siendo. Aunque con consecuencias y aspectos diferentes, claro”.


Hacer nada es el lugar de mirar ahí delante, mirar ahí delante al tiempo que no pierdo la panorámica global, la mirada panorámica del Don Juan de Carlos Castaneda, la “mirada de pajarito” de las artes marciales. Es mantener un tipo de contacto que puede sostener varias figuras al mismo tiempo, sobre un fondo siempre en movimiento, en el que no me apego a aquello que está ahí pero al mismo tiempo estoy ahí.


4. Hacer nada, así pues.


 ¿Para qué sirve hacer nada¿ Yo creo, como antes dije, que básicamente lo que da es libertad o mayor libertad interna. En la medida en que puedo llegar - quien llega - a ese punto, me parece que lo más claro es sentirse libre, o más libre. Y desapegado de las formas. Es también que las cosas no son tan diferentes entre sí, no hay cosas tan diferentes si podemos ir más allá de la forma, del aspecto (aparente) de las cosas. Hay algo más común que las une y que en realidad no es tan diferente ir por aquí, ir por allá, hacer esto o hacer aquello, hecho con esa actitud de la que vengo hablando y que los gestaltistas conocemos, desde luego. Sustenta nuestro hacer.


Hacer nada sería lo opuesto a poner intención, siempre que sustituyamos la intención por la presencia. Quitar intención en el sentido de desapegarse de querer conseguir algo concreto, “por encima de todo”; o querer conseguir algo que me beneficie sólo a mí, o que pase esto para que luego pase aquello, exactamente en ese orden y no en otro, “que para eso soy yo tan listo...”, por ejemplo.


Pero si lo contrario de intención es pasotismo no se trata de eso tampoco. No se trata de pasar de nada, en el sentido popular de la expresión. Cuando uno hace nada puede estar apasionadamente haciendo nada. Es decir, apasionadamente haciendo cualquier cosa, como terapeuta o como persona, con la que pueda guardar el contacto global, en la que yo pueda estar ahí presente, y dejándome nutrir con el hecho de estar haciendo eso. Punto. Sin más.


Hacer nada es muy difícil, resultará evidente al lector si no lo era ya previamente, a eso me refería al principio del capítulo. Es como una especie de sorpresa que ocurre después de mucho trabajo de hacer y de no hacer. Entonces, a veces, te encuentras con que estás en un hacer nada de ese tipo. O en un no-hacer que está produciendo algo que es “todo”, en el sentido de algo inmensamente mayor de lo esperado, como si se hubiera generado una inesperada progresión geométrica de energía de una pequeña semilla, mucho... Como cuando le preguntaban a Jhon Lennon que qué hacía Yoko Ono en la orquesta y aquél decía con sorna que “simplemente, deja pasar el aire” ( refiriéndose a que se encargaba de los instrumentos de viento, claro)


Creo que para poder llegar a ese estado ideal, que es un regalo de la vida, una cosa que a uno a veces le puede llegar a suceder y a la que podemos llegar a sucederle ñ con aptitudes, trabajo, Trabajo y Gracia - es necesaria me parece toda una tarea previa y dedicada de reducción del hacer. Pero cuando reducimos el hacer, algo con lo que nos encontramos normalmente es vacío, angustia y ansiedad, entre otras cosas. Entonces, en la medida en que vamos conviviendo con el vacío, vamos aprendiendo a cohabitar con la angustia, haciéndonos amigos de la ansiedad, ahí puede llegar a producirse un estado en el que necesitamos hacer menos. También frecuentemente nos encontramos ahí con la depresión; en este hacer menos un@ se encuentra fácilmente con el agujero negro, con la Noche Oscura. Entre otras consideraciones y factores, porque deprimimos la excitación necesaria para la vida y almacenamos (innecesariamente), o desviamos deflectivamente, una gran parte de la energía. En la medida en que nos vamos quedando, vamos aprendiendo, mirando, vamos estando ahí... ya no condicionamos el hacer a la cantidad sino a la cualidad del mismo, entendiendo aquí cualidad como esa actitud doble de estar comprometido y desapegado. Pero sin una reducción del hacer como paso previo no creo que eso sea posible. O sólo en muy contados y excepcionales casos quizás.


5. Una consideración final




...Y el corazón, claro... Y el cuerpo, claro. ¡Cómo no¡ Todo esto no funciona, no tiene ningún sentido “verdadero” si no hay un corazón compasivo, depurado, transformado y generoso que esté ahí calentando, humedeciendo y dándole tono a ese hacer nada. Si decía que sin una cierta reducción previa del hacer me parece difícil llegar a ese hacer nada, sin un corazón con experiencia del dolor y de la alegría, del vacío y del desierto, del éxtasis y del infierno amoroso, de la expansión y de la contracción emocional, de la baja resiliencia o de la rotura simbólica... todavía es más difícil. Vamos, sinceramente me parece imposible en el sentido que he venido dándole a la expresión. O posible pero dañino, que es peor. Dañino porque cuando el corazón se ausenta aparece lo peor de la máquina: el sadismo, el narcisismo ciego, el abuso, la violencia...


Y por la misma razón y para acabar, algo similar ocurre con el cuerpo. Para hacer nada me parece que hace falta un entrenamiento corporal en aspectos como la meditación ( la experiencia de conocer sensorialmente el vacío, por ejemplo), el manejo y control de la respiración, haber instalado formas personales de desbloqueo muscular, el aprendizaje de la relajación muscular sobre todo en situaciones de stress para saber ponerse blando; el sostenimiento óseo, articular y muscular de la vibración en experiencias de expansión; el contacto profundo con los ritmos corporales sutiles y con los micro-movimientos espontáneos o parasimpáticos; la experiencia de la explosión catártica y el regreso al estado habitual u ordinario de un modo engrasado. Etcétera. En definitiva, una estructura corporal sostenedora, blanda y afinada que sostenga la enorme transformación de la conciencia que puede llegar a producir el aprendizaje y la experiencia de hacer nada.




“El que se vuelve nada, en Él se perderá.
  El mosto puro volverá al corazón de la tinaja.”.
 Nurbakhsh[10]






[1] En  V.V.A.A.: Matrix. Machine Philosophique. Ellipses. Paris. 2003. p. 24
[2] www.luiseduardo-aute.com
[3]  ¡Ay, Memo, qué fortuna el haberte encontrado en la vida... ¡
[4] Borges, J.L.: Historia de la eternidad. Alianza. Bolsillo. 4ª reimpresión. Madrid. 1999. P.21-22
[5] Es un falso catalanismo que aprovecho para hacer con él un juego de palabras. Significa algo así como mirar fina o escrupulosamente. Aunque en catalán prim es fino, pero también delgado. Así que también podríamos traducirlo como mirar ajustadamente.
[6] Perls, F.:  Sueños y existencia. Cuatro Vientos. Santiago de Chile.1974. P.69
[7] Rams, A.: Clínica… Obra citada De hecho el asunto es bastante anterior. Con 16 años escribía una obrita de teatro, de esas que se representaban en el colegio, que se titulaba precisamente así: “Nadie”.
[8] No dispongo en este momento de esa segunda palabra. No aparece transcrita.
[9] Es decir. 1. En cualquier caso, de todos modos;
    y 2. De todas las formas posibles
[10] Diego, C. Y Piruz, M.: “El simbolismo de la copa. Adaptación de la obra del Dr. Nurbakhsh”. Sin más referencias. Supongo que tomado de Nurbakhsh, Javad: Diwan de poesía. Ed. Trotta. Madrid. 2001.
en "Veinticinco años de Gestalt: memorias de un gestaltista precoz". Ediciones La Llave. Barcelona. 2004. Págs.223-238.

La pareja. ¿cielo-infierno...?

La pareja: ¿cielo-infierno...?

“-¿Que haces tú para sobrevivir?
  -Siempre disfruto de la belleza...”
James Bond[1]
Decía Jean Paul Sartre, el célebre existencialista francés, que “el infierno es el otro”. Bueno, puede ser. Aunque otros han dicho, no con menor razón, que el verdadero infierno es en realidad el no - otro, la incapacidad de amar; y, más en general, la imposibilidad de relacionarse verdaderamente con personas reales. Cuando las sustituimos imperceptiblemente por encarnaciones de los propios fantasmas, por proyecciones personales disfrazadas de congéneres.
Más recientemente, valga la anécdota como complemento a la introducción, ha llegado a las pantallas de cine un biopic sobre el pintor británico Francis Bacon que se titulaba en castellano “El demonio es el amor”. Excelente ejemplo visual, en la película, de la incapacidad de estimar de verdad, que llega a transformar al ser amado en objeto del propio capricho, que confunde el amor con el deseo (que no es para nada la misma cosa, desde luego) y que acaba lógica y significativamente con el suicidio del amante.
 “Hay sin embargo en el amor, en todo el amor, sea esa furia física, o ese espectro, o ese genio de diamante que nunca murmura un nombre parecido a frescura, hay sin embargo en el amor un principio fuera de la ley, un sentido irreprimible del delito, el desprecio de la prohibición y el gusto del saqueo”[2]
Sea pues que el demonio sea el otro o que el demonio sea el amor, podríamos decir que ambos caminos convergen en la pareja, en el sentido de que ésta fuera un Otro de Amor, o un Amor de (a) Otro. Detengámonos por un momento en este aparente juego de palabras.
Si la pareja es Un Otro de Amor, tal como estoy proponiendo, lo andaremos buscando como locos, puesto que el Otro que conocemos es precisamente Un Otro de Desamor, en la mayoría de los casos. Un Otro de Falta... dice Lacan. En mis palabras un Otro de Falta... de amor. Una entelequia sin corazón. Un personaje, no una persona. Alguien / Algo puesto como alien, precisamente. Recordemos la película del mismo título: “Alien”. Surgido en el proceso de constitución del yo como alienado y como alienante, pero que es en realidad una voz nuestra deformada que no podemos reconocer fácilmente como propia. Me parece que esta es una de las grandes aportaciones de Lacan, el concepto de Otro y su papel fundamental en la constitución del yo. Desde luego. Desde entonces.
Hemos, quien más quien menos, construido un fantasma, con aspectos terribles en un plano poco o nada accesible a la conciencia (al darse cuenta, percatarse o caer en ello), que nos está diciendo - de manera harto imperceptible, he ahí el truco - “No” la mayoría de las veces, en la mayoría de las situaciones, en la mayoría de pensamientos, sentimientos, deseos y acciones. “Eso que tú estás... pensando, sintiendo, haciendo... NO... es bueno, útil, inteligente, oportuno, decente, adecuado, sano, propio de ti...”. Ese famoso Super-Yo o Super Ego, “eso que se disuelve en alcohol” como dice Juan José Albert, una de las definiciones más brillantes que he oído al respecto. Con diferencias, el Mandón ó Perro de Arriba (underdog) en gestalt.
Así que es lógico que busquemos otro Otro, un Otro de Amor esta vez, presumiblemente. Alguien con quien poder vivir el Sí. Poder “asegurarnos” - y ahí empiezan los problemas... ñ la posibilidad de recibir, periódicamente al menos, como mínimo una dosis autoñadministrada ñ pero en presencia y bajo la mirada de otro - de amor; o una dosis ajena accesible por próxima y cotidiana, viviendo en la misma casa y bajo el mismo techo. Una dosis de “Sí... es Ok eso que estás pensando, sintiendo, haciendo, deseando”. Un Gran Apoyo en la vida. Un Gran A-poyo.
Un Gran “A”: “ a / A: Se trata de la primera letra del alfabeto lacanista. (...) El primer lugar que ocupa en la serie alfabética es seguramente el que sirve para designar con esta letra a minúscula el lugar originario del deseo, de su pulsión, como contradistinto de la necesidad: a representa el objeto del deseo y el objeto causa del deseo a la vez, objeto perdido, en la medida en que con este símbolo y concepto se marca el déficit constitutivo, el carácter de <eternamente ausente que este objeto a supone... inscribiendo la presencia de un vacío que cualquier objeto podrá venir a ocupar>”[3]“Con su intervención, el otro refiere de modo inmediato al niño a un universo semántico y a un universo discursivo que es el suyo (es decir el del Otro). A este respecto, el otro que inscribe al niño en este referente simbólico se reviste él mismo en el lugar del niño como un otro privilegiado: el Otro (Autre)”[4]
(Me doy cuenta de que estoy “jugando” con la polisemia del término Otro/otro, y eso puede crear una cierta sensación de confusión en el lector, por cuanto el vocablo no tiene siempre el mismo universo semántico en cada uno de sus usos en esta parte del texto. Ruego al lector que acepte el juego momentáneamente, y que disculpe una frivolidad que en el fondo, a fuer de ser sinceros, no me disgusta del todo y que, sobre todo, me parece hasta un cierto punto necesario para lo que pretendo decir. Dicho esto, sigamos)
Pero también la pareja es Un Amor De / A Otro. Quizá esa polaridad señalada a ambos lados de esa barra sea una buena metáfora del Camino de la Pareja, de la Gesta (QuÍte en francés, Quest en inglés) de la Pareja, de lo que ocurre - o no y forma parte principal del asunto el cómo manejarlo - en las parejas que triunfan, que se consolidan, que crean y recrean la vida.
Entonces podríamos decir que de lo que se trataría en la pareja es de pasar y transitar, pues, del amor de Otro al Amor a otro. Pasar de un pequeño amor a un Gran Objeto, que todo lo devora y todo insatisface, a un Gran Amor a un pequeño objeto, es decir a una persona cualquiera, a la persona que elijo amar, donde elijo depositar mi amor conyugal, mi amor a hombre o mi amor a mujer, con quien me propongo aprender a amar con todos los colores del arco iris. Que no entiende uno a estas alturas de la vida que pueda ser de otro modo. Pues la luz no parece elegir ni prohibir colores. Solo luce... o no.
Pasar entonces de poner el énfasis en lo que recibimos, con lo que damos como fondo, a ponerlo en lo que damos, con lo que recibimos de fondo. Pero no tanto por moralina, mojigatería, o falsa generosidad  (“hay que ser buenos y amar al prójimo” y todas esas cosas... que también, claro) Sino, sobre todo, por haber vivido y registrado adecuadamente la experiencia de que “lo que más me nutre es lo que doy”, bien dado, en todos los sentidos de la expresión “bien dado”.
Ir pasando en la vida de entender el amor como el amor que me llega, a entenderlo más bien como el amor que hago llegar, pues es el ser conscientemente amante/amado el que está satisfecho. Siempre con el que recibo como fondo en un buen equilibrio ( que se desajusta continuamente, claro, como la vida) Lo divino y lo diabólico, juntos, funcionando continuamente; como (casi) siempre, por cierto...
“El Amor es insensato, no razona.
La Razón busca un beneficio.
l Amor se te declara,
consumiéndose, inmutado.
(...)
Sin causa, Dios nos dio el Ser;
sin causa, devuélvelo otra vez”[5]
Así que, volviendo a nuestro hilo discursivo, digamos que muchas personas podrían afirmar que el diablo es la pareja (que “la pareja es un infierno”, vamos...)  Así es también para quien escribe... en parte. Así es mi experiencia en el asunto, en efecto, con las dos mujeres con quien me parece haber decidido ir aprendiendo a amar. Diferentemente, desde luego (¡ Ay, Dios, qué difícil ¡) Recordemos en este sentido de lo infernal de la pareja los viejos chistes populares sobre el matrimonio, sobre el casarse y morirse a la vida del deseo, especialmente para los hombres, claro, en una cultura patriarcal como la nuestra...
Pero también encontraremos muchas personas que dirían de la pareja que más bien es el cielo. También estoy de acuerdo con eso, “¡vive Dios!”...  que decían los antiguos. O personas que dirían que la pareja es al menos un lugar tan deseado como ese archinombrado mundo de nubes, el cielo algodonoso y angelical, sobre todo para quien no la tiene (la pareja), para quien no la suelta para nada y de ninguna manera, o para quien sólo la imagina para no vivirla, sobre todo.
 En ambos casos ( pareja = infierno, o pareja = cielo) se trata en realidad de posiciones fundamentadas en lo que en la clínica psicoterapéutica se llama narcisismo ( ¡vaya, hombre... donde hemos ido a parar¡), una enfermedad altamente extendida en nuestros días consistente en “tener los músculos de la nuca agarrotados y no poder levantar la mirada del propio ombligo “ Bueno, del supuesto propio ombligo, que en realidad tampoco es nuestro, sino que llevamos ahí, sin darnos cuenta, la foto de mamá o el retrato de papá pegadito con cola de “impacto” (nunca mejor dicho...) sea para besarla, sea para escupirla, o para ambas cosas alternativamente o a la vez. En cualquier caso, dedicando gran parte de la vida emocional a ello. Mal  negocio... pero negocio; más frecuente de que lo parecería empresarialmente rentable, dicho así. Pero negocio que existe.
Otros han propuesto, por último, que la pareja es una escuela[6], una gran Escuela de Trabajo Interior donde aparecen una y otra vez los aspectos mejores y peores de las gentes, como una oportunidad para trabajar con ellos de un modo harto particular y mejorarse como personas. Otra vez asiento, esta vez especialmente. Muy especialmente. En una versión quizás más prosaica de esto último coincidirían probablemente los que acertaron a conseguir la pareja, a conservarla y, sobre todo, a gozarla sufrirla, es decir, a vivirla tal cual y a sentirse satisfechos de su opción. Posición no más valiosa, pero tampoco menos, que los que optaron por una alternativa diferente.
O sea, que la pareja es en cualquier caso trabajosssííísssima, cansadííísssíma; requiere un esfuerzo de mantenimiento y puesta al día prácticamente constante o, cuanto menos - como sabemos los terapeutas y los que hemos optado por ese modo de vivir y de aprender - periódico u ocasional cuanto menos. Y a veces se rompe. Y ya.
También hay excepciones. Parejas que simplemente están juntas toda la vida y están bien; y que han hecho todo esto de una manera natural, espontánea, prácticamente sin enterarse y poco les importa, desde luego. Tienen razón, seguramente porque tienen o han tenido “gracia”. ¡ Quién no se ha emocionado con esas parejas de abueletes que llevan juntos toda la vida, que discuten y se callan con el mismo honor y rigor, que parecen funcionar con un ritmo conjunto extrañamente integrado ¡ y  que se miran de vez en cuando... ¡de una mannneeeraaa!
El Nosotros
 “Nacisteis juntos y juntos permaneceréis para siempre. Aunque las blancas alas de la muerte dispersen vuestros días. Juntos estaréis en la memoria silenciosa de Dios. Más dejad que en vuestra unión crezcan los espacios. Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos uno a otro, pero no hagáis del amor una prisión: mejor que sea un mar que se mezca entre las orillas de vuestra alma. Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una. Compartid vuestro pan, más no comáis de la misma hogaza. Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces. Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música. Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él. Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones. Y permaneced juntos, más no demasiado juntos: Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados. Y ni el roble ni el ciprés crecen uno a la sombra del otro”[7]
 Por que será, pues, que la pareja es el crisol de todo este mare - magnum, de este gran mar de pasiones... ¿  Bueno, digamos que una manera sencilla de decirlo sería pensar que la pareja es el gran lugar de intimidad, el entorno en el que más íntimos nos ponemos los humanos, la situación que elegimos preferentemente las personas para abrirnos y soltarnos con otr@, para encauzar nuestra fragilidad y nuestra vulnerabilidad máxima. El encuadre que solemos preferir para disolver nuestra individualidad y tener acceso a una experiencia del nosotros, presuntamente amorosa. Pero presuntamente amorosa, si podemos llegar a entender el amor como producto de la Ley del Deseo, complicadita ley. O sea siempre que en la letra pequeña del contrato también incluyamos el odio, y aprendamos a atravesar y a enriquecernos de ambas cosas.
Experiencia del nosotros, del “algo / más / que / yo”,  en ambos sentidos del adverbio más: el que evoca mayor que, y en el que evoca otra cosa que yo. Una experiencia que está en la base y constituye probablemente un fundamento esencial de la vivencia de Dios, de la espiritualidad, de la experiencia religiosa, del re-ligarse con. Y ésta me parece algo tan necesario a la vida como el comer o el dormir. Aunque, como decía Maslow, con diferente jerarquía según el entorno de la persona. Sea como sea que uno le llame o se lo cuente a sí mismo: Energía, Humanidad, Naturaleza, Dios, Tao, Vida, Azar, Cosmos, Budeidad, Solid ñ aridad... Por cierto, que esta última palabra nos lleva etimológicamente a estar soldados o devenir sólidos estando juntos, a través de una “entera comunidad de intereses y responsabilidades”[8]
“Discutible” dirán algunos. Por supuesto. Afortunadamente. Sólo así se mantiene vivo ese gran asunto. De otro modo es fácil que lo vivo se con- vierta en institución, que se vierta el líquido de la jarra que lo contiene. Y ahí se suele morir a la vida y transformarse en “algo raro” ( sectarismo, fanatismo... “ismo”: tomar el todo por la parte y la parte por el todo, tomar el objeto por la esencia y ver la esencia en el objeto... en el mal sentido o sentido confusional de todos estos términos) Casi todos los que hemos intentando o participado alguna vez en algo así hemos cojeado, cojeamos o cojearemos del mismo pie. ¿No le parece al lector...?
 “De acuerdo con las prescripciones del Islam, Rûmí nunca hizo diferencias entre las tradiciones. Por lo demás, todos los habitantes de Konya, sin excepción, acudieron a sus funerales. En una célebre sura del Quor‚n, Dios dice: < Atestiguo la verdad de esto por la higuera, por el olivo, por el monte Sinaí y por este país bendito>. Los comentarios más antiguos explican que la higuera es aquella bajo la cual Buddha recibió su iluminación; el olivo es el Huerto de los Olivos de Jesús; el monte Sinaí es Moisés; y este país bendito, La Meca”[9]
 Y, si bien esa experiencia del nosotros, tan esencial a la vida humana como estoy proponiendo (en realidad entonando una vez más como tantos otros, esta vez con mi voz, más o menos...) esa experiencia digo, la podemos vivir asimismo de otras maneras (fundiéndonos con un grupo, partido político, empresa, colectividad, amigo, nación, idea, proyecto, etc...) es en el “uno más uno, igual a tres” de la pareja donde encontremos seguramente su expresión primaria.
Quizás sea de esa manera que podamos entender (también), de un modo simple, por qué algunos dicen que el matrimonio es un sacramento, es decir algo sagrado: entre otras cosas, porque sagrada es la creación de algo ( honorable si es noblemente) y, desde luego, en la creación, en ese sacer facere en este caso de ese nosotros de la pareja, un ser plural no existente hasta entonces, reencontremos probablemente una parte divina de lo humano, el aspecto creador no-objetual de las personas y de los grupos, sin el cual quizás la existencia sería tan insípida... y tan difícil. 
Pero claro, quid pro quo, intimidad por intimidad (y volvamos a la pareja) necesariamente evocamos en ella más o menos conscientemente la otra gran situación de intimidad que tuvimos cuando éramos niños: la familia de origen, el vínculo fundamental con la madre, el padre y los hermanos cuando los hubo; además de con la familia extensa ( abuelos, tíos, primos, vecinos, amiguitos...) y con la cultura y lo social en un sentido más amplio.
Así que es fácilmente entendible desde ese punto de vista que en la pareja repitamos sin darnos cuenta los guiones, roles y automatismos que incorporamos cuando estábamos construyéndonos como personas. Hábitos y patrones probablemente útiles entonces ya que nos evitaron la muerte, enfermar más o menos gravemente, o la locura. Pero que al pasar de agudos a crónicos, de constituyentes a inconscientes, de pertinentes a inadecuados por automáticos (por haberse convertido en in - pertinentes) devienen en un lastre que nos hace confundir con mucha facilidad a nuestra mujer con nuestra mamá o con nuestro hermano menor, a nuestro marido con nuestro padre (o su opuesto) o con aquella abuela que fue tan importante en nuestra infancia. Como iconos totales o parciales, referidos a algunos o muchos aspectos. Problemas de la “maravillosa” fusionalidad del nosotros...
Decía hace poco una participante en un grupo terapéutico, en uno de los escritos que formaban parte del trabajo:
“ Para mí ha sido realmente fulminante ver cómo repito con los hombres <lo pendiente con mi padre>, como decís vosotros. Hasta hace poco yo siempre pensé de mí, y presumí ante mi gente, de ser una persona muy libre. Me sentía libre porque no me enganchaba en ninguna atadura afectiva. Siempre llegaba con los hombres hasta donde yo quería - o hasta donde yo creía que quería, visto desde lo que estoy viendo estos días... ñ y me sentía supersatisfecha y ufana de sentir que era yo quien llevaba las riendas de mis relaciones. Me sentía (y todavía me siento en gran parte, tengo que reconocerlo), como una mujer madura libre de los rollos y convencionalismos sociales, capaz de diseñar autónomamente el tipo de relaciones con los tíos que yo quería. Tatatín...  Bueno, creo que no es así. Para nada... En realidad me resulta bastante claro cómo esa mujer superguay, esconde una niña dolida e insatisfecha, “colgada de la mirada de su papá”, que busca en los hombres aquello que tuvo y perdió. ¡Qué doloroso recordar todas las camas que he visitado para finalmente sentirme siempre vacía...! (...) Eran sus ojos lo que yo buscaba y no sus sábanas. Pero siempre supuse - sin darme cuenta de que tenía instalado en el coco ese pensamiento - que nunca podría obtener “aquélla” mirada sino ponía las tetas - con perdón - por delante... Hoy empiezo a ver, mejor a sospechar que, como dice aquella canción que escuchamos, “ lo que está bien perdido ni se busca ni se encuentra...”. (...) Es muy doloroso, y al mismo tiempo, extrañamente, es como un soplo de aire fresco. Entre otras cosas porque la siguiente sospecha es que quizás también yo tenga alguna mirada que ofrecer. Y que éste pueda valer la pena para alguien, sin o con mis tetas por delante.”
No siempre tenemos la suerte de llegar a clarificar tanto las cosas, pero el eje de lectura es siempre el mismo, o al menos muy similar en la mayoría de los casos. Digámoslo de nuevo de forma resumida:  Solemos pensar, sentir y actuar con nuestra pareja, imperceptiblemente, he ahí el meollo, según un patrón preestablecido, más automático de lo que pudiera parecer. Patrón o guión construido durante los primeros años de nuestra vida, en función de nuestra relación fundamental con nuestra figura materna y nuestra figura paterna, y más en general con el entorno.
La figura materna no es exactamente la persona de la madre, aunque es a partir de ella fundamentalmente (pero no sólo) que construimos el Personaje Mujer, digamos, y también el Personaje Otro con el que vamos a inscribir los patrones vinculares fundamentales de nuestra vida, las micro-pautas automáticas que están presentes o se disparan en determinadas situaciones de contacto con los otros y con el mundo. Algo similar ocurre con la figura paterna y el padre. Sobre esto abundaremos en el capítulo 11 al abordar el concepto del Nombre del Padre en Lacan.
En cualquier caso digamos que son figuras análogas a un personaje de ficción elaborado a partir de retazos de nuestro padre /madre real, pero sobre todo a partir del tipo de vínculo establecido. Así como, en menor medida en general, a partir del establecido con los otros personajes importantes de nuestra infancia: abuelos, tíos, primeras maestras y maestros, hermanos, amigos importantes a quien les hemos atribuido un lugar de referencia en nuestro olimpo particular, etcétera.
Dicho de otro modo, construimos inconscientemente una idea de hombre  y una idea de mujer con la que nos vamos a relacionar durante toda nuestra vida, como un esclavo con su cadena. Recuerdo con frecuencia a este respecto lo que me decía mi analista muchos años después de separarme de mi primera mujer: “ Tu no estás colgado de X, estas colgado de la idea de matrimonio con X”. Todavía hoy resuena con fuerza aquella frase.
Idea de hombre o de mujer, así pues, a obtener a cualquier precio, de la que huir como del fuego, a la que dominar sea como sea, por la que ser doblegad@ cueste lo que cueste. Contra quien vengarse por el abandono, la violación o el abuso de El/Ella. A quien esperar durante toda la vida como al príncipe azul; a quien despertar inexorablemente ñ repito, inexorablemente, ahí está lo fundamental del asunto -  como a la bella durmiente... 
Dice Paco Peñarrubia: “ Confluencia. Consiste en la pérdida de límites entre uno mismo y el entorno, fundiéndose con el afuera. El confluyente es el que se queda pegado, el que confunde identidad con unión, comulgando ñ sin diferenciación - con los sentimientos, ideologías y conductas del otro o de su grupo de referencia”[10] Y continúa citando a Perls: “La confluencia implica la no-existencia, o el no darse cuenta, de los límites. La confluencia en el adulto es fijación sado-masoquista disfrazada de amor. El odio es la codicia frustrada de confluencia. El contacto es la apreciación de las diferencias”[11]
Sin darnos cuenta. Todo esto suele ocurrir de un modo harto imperceptible. Porque en la medida que nos vayamos dando cuenta la cosa puede empezar a moverse. De darnos cuenta en el sentido de  otorgarnos la posibilidad de registrar ( contar, como quien hace palitos en un árbol o en una libreta) la experiencia, de manera que podamos recordarla después, cuando se vuelva a repetir.
Entonces puede ser, o no, que las cadenas se puedan ir disolviendo, y que las ideas se puedan ir convirtiendo primero en encarnaciones más reales y después, paradójicamente, en humo que se puede llegar a deshacer como el viento...  algunas veces, hasta cierto grado, más o menos...
Ahora bien, seamos cautos: sea como sea siempre van a estar ahí. Sin embargo su influencia en nuestra vida y en nuestro hacer pueden ir cambiando en la medida en que las vayamos conociendo. Digamos que pueden llegar a ser más manejables y, por lo tanto, conforme vamos ganando saber sobre nosotros mismos, podemos ir ganando libertad interna, entendida ésta como la posibilidad de pensar, sentir y actuar desenganchado incluso de uno mismo, y no sólo del Otro (padre, madre, sociedad, pareja, estado, etnia, nación, partido, grupo...) Que no es poco.
Una manera experiencial de entrar en ello
 Veamos un ejemplo práctico. Quiero advertir que lo que propongo a continuación es algo más que un ejercicio. Se trata de un resumen de un trabajo que solemos realizar en algunos cursos y talleres[12], que está pensado para ser llevado a cabo con la ayuda de un terapeuta o, al menos, de alguien que ya conozca el asunto porque lo haya experimentado suficientemente; y de alguien con la suficiente capacidad para sostener a una persona que se puede llegar a poner a veces muy loquita.
Es un “no-ejercicio” que, para que funcione, implica una apertura emocional, corporal, mental y anímica que puede asustar o inquietar a las personas con poca práctica en ello, y que puede distorsionar a personas con la salud mental alterada. Sea esto por la mucha intensidad o sea por su déficit. Es decir, que si uno no se siente seguro, no se abre; y si no se abre no ocurre nada de lo que se supone que tendría que ocurrir. Mi consejo pues es buscar un@ terapeut@ o, en su defecto, una muy buena y experimentada compañía, teniendo en cuenta las diferencias que existen entre ambas opciones. Que, como las meigas, “haberlas hay-las...” Dicen que quien avisa no es traidor, y los años de experiencia profesional le dan a uno una mucha prudencia... Dicho esto, vamos a ello:
0. Busca un lugar tranquilo y acogedor que te permita relajarte, aislarte de interrupciones y tener al menos un par o tres de horas garantizadas de soledad. Yo le llamo buscar un “nido”. Un lugar donde te puedas sentir segur@, un lugar donde te echarías una siestecita o te pondrías a escuchar tu música preferida, o a leer un libro que te gustara o a meditar si acostumbras. Donde sientas que estás en confianza y puedes bajar la guardia.
Si eres un hombre déjate evocar la figura de tu madre; si eres una mujer la de tu padre. A veces también exploramos el vínculo hija-madre e hijo-padre, con resultados sorprendentes y por elaborar todavía. A modo de aperitivo decir algo bastante evidente: Los vínculos hijo-padre, por ejemplo, muestran un tipo de relación muy primaria que no está recogido, para nada, en lo que se llama complejo de Edipo. Aparece con frecuencia lo que podríamos denominar el padre antes del Edipo, u otro padre que el padre-rival por la madre. Dejaré para otro momento, una vez más, el entrar adecuadamente en ello.
Entonces, escribe en un papel todo lo que no te gustaba de ella/él cuando eras pequeñ@ en forma de rasgos de una lista; todo lo que consideras o considerabas negativo, dañino, molesto; todo lo que, según tú, hizo mal, equivocó. Todo lo que le criticas (o le criticarías si te dejaras, o pudieras no dañarle, o te arriesgaras a ello sabiendo que es sólo un ejercicio) Escríbelo con la máxima intensidad odiosa de la que seas capaz (si exageras es más fácil) y, en la medida que sepas, dejándote sentir las emociones que acudan a ti mientras lo escribes. (Recuerda que es algo secreto, que no está pensado para que él /ella lo lea, de esa manera al menos)
 1. Escribe, a partir de esa lista de rasgos, una Carta de Odio, o Carta de Resentimientos, dirigida directa e íntimamente a tu padre o a tu madre, según el caso, como si fuera una carta que le fueras a enviar, pero con la tranquilidad de que no es una carta para enviarle. Así que suéltate y escribe todo lo que aparezca, con la mínima censura de la que seas capaz. Estamos en la fase de soltar y abrir; luego ya se transformará, normalmente.
Pídele a tu compañía que se ponga a tu lado. No hace falta que haga nada especial, excepto estar contigo, establecer eventualmente un leve contacto corporal u ofrecerte su abrazo (sólo si tú se lo pides) en el caso de que te asalte la emoción intensamente y necesites - o simplemente desees - consuelo, contacto, sostenimiento corporal o reposo para dejarla salir. Pon frente a ti una silla con asiento acolchado o un cojín en donde vas a colocar imaginariamente a tu padre o a tu madre. Léele la carta en voz alta, muy despacio, pronunciando bien las palabras, y haciendo pausas y silencios ( y “entre - teniéndote” escuchando tu respiración, por ejemplo) Permite que tus palabras resuenen dentro de tu cuerpo como si éste fuera una caja de resonancia o un instrumento musical (como un violonchelo o un piano pongamos por caso) Te puedes acompañar, si eso no te distrae, con una música a un cierto volumen que sepas que a ti te suela conectar con lo emocional, que te toque el corazón. Siempre que no te distraiga en exceso. Pon atención a tu respiración, no intentes calmarla. Respira no por la nariz, sino con la boca entreabierta y las mandíbulas lo más sueltas que puedas. Permite que tu respiración crezca en intensidad, largura en la expiración, sonoridad, amplitud... y déjate intercalar - si es el caso - los suspiros, ayes, gritos, bufidos, alaridos, exhalaciones, gemidos... que te vengan.
Recupera de vez en cuando la conciencia de que frente a ti “está” tu padre o tu madre. Es posible que te vengan las ganas de golpear, tocar, abrazar, acariciar, escupir, morder, chupar... la silla o el cojín. Hazlo con el cuidado (ojo la compañía a los accidentes) de que seas capaz, pero sin restarle intensidad al asunto, buscando un punto de equilibrio entre ambas cosas.
Una vez hayas terminado (no hay prisa ni tiempo, aunque suele ser suficiente con 30-60 minutos) reposa, descansa (si puedes y sabes, mejor en brazos de tu compañía) No termines ni te quedes sol@ hasta que no estés segur@ de que has recuperado la conciencia ordinaria, y de que el contacto con el mundo normal y con los objetos de la vida cotidiana es como siempre (aunque es posible que notes algunas diferencias)
Deja pasar algunos días (y ten la precaución de asegurarte de que vas a encontrar compañía si la necesitas o la deseas durante ese tiempo) y escribe, en tu diario si lo tienes o practicas, o en alguna libreta o papel, todo lo que te vaya viniendo sin censura, sin intentar entender lo que escribes y, por supuesto, sin que tenga que ser nada lógico o razonable, o necesariamente “ bueno”. “Todo lo que te vaya viniendo” quiere decir escribir sin pensar ni releer lo que escribes. Por ejemplo escribir con la mano izquierda si tú normalmente eres diestr@; o simplemente escribir todos los pensamientos, emociones, imágenes, sueños, recuerdos, asociaciones, dibujos, gráficos, colores, refranes, escenas de películas o libros... que acudan a ti en el momento de estar escribiendo. Procurando controlar lo menos posible lo que escribes, vamos.
A veces no viene nada que escribir. No te asustes si te notas extrañ@. Insisto y te recuerdo que si la cosa sientes que se te va de las manos, quizás es un buen momento para solicitar una ayuda profesional, ocasional o no, o al menos una buena compañía amistosa y, sobre todo, competente.
Si sientes que te gustaría hacer una segunda pasadita, como cuando uno pinta una pared o barniza un mueble, tener una segunda oportunidad ahora que ya sabes de qué va, que ya has saboreado cuál es el color del asunto, date la ocasión si a ti te lo parece verdaderamente. Como se dice en los libros de auto-ayuda y en los manuales de instrucciones de los aparatos electrónicos o electrodomésticos: “vuelva usted al paso 4”. Es decir, date la posibilidad de hacerlo una segunda o tercera vez si lo consideras necesario u oportuno. Pero ten en cuenta que obsesionarse con algo implica un cierto grado de autoexigencia que suele ser incompatible con la actitud blanda de aceptación, necesaria para que este “no - ejercicio” funcione  adecuadamente. Quiero decir que la actitud requerida para que esto sea útil es más bien un dejarse encontrar, y no tanto un buscar algo en concreto.
Cuando hayan pasado unos cuantos días, por ejemplo una semana, más o menos, plantéate esta pregunta: ¿ no será el odio-resentimiento un deseo (¿necesariamente¿) frustrado... ¿ Es decir, déjate sentir el deseo hacia tu padre/madre que podría haber debajo, junto o antes del odio, antes de que el deseo fuera limitado, antes del dolor o de su negación a través de la rabia, la anestesia, el oscurecimiento anímico o el endurecimiento del corazón, por ejemplo.
 2. Desde esa perspectiva escribe (de la misma manera que lo hiciste antes) una Carta de Deseo al padre o a la madre, una carta que empiece por “Querido papá / querida mamá...” y en la que le puedas contar, con todos los detalles y circunstancias particulares posibles, tu deseo de él-ella. Deseo de todo tipo. De ser mirad@, acariciad@; de tocar, morder o ser mordid@, de chupar o ser chupad@, de jugar a pelearse.... sexual, genital, agresivo, místico... de compañía, de guía, lúdico, de ser acunad@ o de acunar. De jugar al ajedrez, a Barbie¥s o al fútbol; de compartir un paseo, de preguntar o ser preguntad@... de gritar; de hablar...
Haz con esta carta lo mismo que hiciste con la anterior. Date de nuevo la ocasión de revisitar la estación si lo consideras necesario, o si tienes la impresión de que pasaste demasiado deprisa o demasiado superficial o miedosa/tensamente; o porque tú lo decides así, simplemente porque te gustaría.
 Y 3. Repasa tu (s) relación (es) de pareja a la luz de lo sentido y experimentado en este proceso. ¿Alguna sospecha, idea o vislumbre..? Pistas: ¿Es posible que le estés pidiendo a tu pareja algo que le tocaría a tu padre/madre hermanita/abuelo/amiguito del alma...? ¿Qué ilusión caduca puedes estar intentando mantener, aún a riesgo de maltratar y quizás dañar, subrepticia o declaradamente, a quien se supone que amas o cuanto menos deseas (a tu pareja)...? ¿ A qué cosa muerta o caduca te podrías estar aferrando...? ¿Qué es lo que te puede estar costando (y necesitas) soltar, entender, vivir, preguntar, saber...? ¿ Cómo afecta eso a la vida cotidiana? ¿ Vale la pena el precio que estás pagando por ello en tu vida de pareja actual, o el que puedes estar haciendo pagar...?
No son éstas preguntas para ser contestadas, aunque a veces aparece repentinamente algún tipo de flash y entonces, claro, vale la pena aprovecharlo. Son más bien preguntas para interrogarse con ellas. Así como uno se abanica con un abanico se puede interrogar con preguntas. Asistiendo al proceso de escuchar lo que sale sin empujar hacia ningún lado y sin rechazar en principio nada de lo que venga, por extraño o absurdo que pueda parecer a primera vista. Respetando el proceso, dejando hacer al Maestro Tiempo. Haciendo más énfasis, al principio al menos, en la pregunta que en la respuesta o respuestas. Enfocando y destacando la Experiencia de Interrogarse, sus aspectos corporales, emocionales, racionales, icónicos, espirituales... Lo que sale en forma de pensamientos, de sensaciones, de emociones, de imágenes, de intuiciones, de razonamientos, de escenas...
Cómo alguien dice de la pintura de Miquel Barceló: “ En todo caso su preocupación no son los géneros, ni los materiales, ni las técnicas.(...) La cuestión es saber donde está cada uno, descubrir lo nuevo en lo viejo y lo viejo en lo novedoso, el substrato permanente en aquello que está sometido a un cambio acelerado y el cambio en aquello que parece inerte. Y saber qué hacer con todo ello.”[13]
 La clarificación progresiva de quién es quién, de cuándo es qué, de dónde es “donde...” es una manera de ir limpiando la pareja y dejándola ser (Let it be...) en toda su magnitud actualizada, puesta al día, en forma. Como un atleta en el momento del record, o en el proceso de entrenamiento de cara a una competición.
Si arribamos a ese puerto, y cada cuál tenemos los nuestros, y no suelen ser los mismos para todo el mundo ni en todo momento, honramos a la Vida, me parece, con lo que hemos venido creando a lo largo de nuestras pequeñas vidas del orden del deseo, del odio, del desamor, de la distancia, del aprendizaje, de la fusión, del amor... ¡de la creación¡ Y quizás entonces por ahí arriba a Alguien / Algo se le escape una leve sonrisa de complacencia... nos Mire, y nos otorgue quizás un leve suspiro en un hálito de Gracia. Oj-Alà...
“De cuando estuve loco aún conservo
el carné de majara en la cartera,
un plano detallado del infierno,
un cielo con pirañas y goteras.
un prontuario en la comisaría,
un frasco de pastillas de colores,
la carta con la que te despedías
y remedios varios contra el mal de amores.
(...)
Cuando rozo tus pétalos, nenúfar
que sobrevive en aguas estancadas,
saltan chispas, los cables se me cruzan,
se me sube el mercurio
y me salta la alarma.
(...)
Joan Manuel Serrat. “De cuando estuve loco”[14]
[1] James Bond, que le contesta a “ella”, la Chica Bond, en una escena de cama de la película “El mundo nunca es suficiente”.
[2] Aragon, L.: “Le passage de l´Opéra”. La Revue Européenne, juin-setembre 1924; citado  en  Varios: Le surréalisme et l´ amour. Pavillon des Arts. Paris. Ed. Gallimard. 1997. p.19.
[3] Garate, Obra citada p. 35.  #.  La cita es de Dor, J.: Introduction a la lecture de Lacan, vol.I, p.185
[4] Dor, J: Obra citada p.187. Citado por Gárate, I.:  Obra citada P. 36
[5] Rûmí: Mathnavi. Edicomunicación. Barcelona. 1990.VI, p.1967-1974
[6] No puedo por menos de evocar aquí el excelente trabajo al respecto que realiza Suzana Stroke en España y en otros países desde hace años. Lo que han contado aquellos de mis pacientes y alumnos que han acudido a sus cursos es siempre provechoso.
[7] Gibran, G. J.: El Profeta. (“Del matrimonio”) Gracias Annie y Paco por el texto... y por lo otro.
[8] VOX: Dicc... Obra citada, en www.diccionarios.com
[9] De Vitray, Obra citada p. 35-36.
[10] Peñarrubia, F.:  Obra citada. p. 127.
[11] Perls, F.: “Teoría y técnica de la integración de la personalidad” en Stevens, J.O. Esto es gestalt. Cuatro Vientos. Santiago de Chile. 1978, citado en Peñarrubia, P.: Obra citada p. 127. #.
[12] Por ejemplo en lo que se llama Taller de Relaciones Parentales, también conocido como Fisher, Fisher- Hoffman, Proceso HFN, Solaris... de dónde siento haberme inspirado principalmente para elaborar lo que cuento. Así como también, claro, en una parte del Taller de Sexualidad, trabajo intensivo que vengo desarrollando desde principios de los ochenta.
[13] Barcelò, M.: Obra citada p.27.
[14] Serrat, J.M: “De cuando estuve loco”. En Besos en la boca. Ariola -BMG.2003